lunes, 5 de enero de 2015

CAPÍTULO 1 ( 5º parte)

           Horrorizadas por lo que acabábamos de ver, fuimos corriendo a buscar a nuestra madre. Mientras, la sangre se iba derramando por mi cuerpo como un río que busca  su muerte al llegar a su destino. El suelo. Pero cuando llegamos y se lo contamos todo, nos dijo que menuda imaginación teníamos las dos. Así que decimos enseñarle la herida. Por si aún no la había visto sobre mi pecho desnudo, pero sólo quedaba un pequeño puntito de sangre.

            No había ni rastro de aquel corte que tanto nos había asustado ni el suelo estaba manchado. ¿En qué momento había dejado de sangrar? Tampoco era lógico que  cicatrizase tan pronto una herida que me recorría el centro del pecho a y dos o tres centímetros de profundidad. Ahora solamente quedaba una pequeña e insignificante mancha de sangre que finalmente con el tiempo se iría. Tampoco había rastro de toda aquella sangre que había brotado desde mi interior. Nada. Todo se había esfumado como un sueño. ¿Qué está ocurriendo? ¿Sigo soñando?

            Aquello nos superaba con creces, sobre todo a Sophie que no daba crédito a lo que veían sus ojos. Ahora asustados con un atisbo de incredulidad. La  comprendía perfectamente. Yo también estaba asustada.

            -Pero, pero… si antes…era, era enorme y ahora… no hay, hay rastro…una manchita…sólo. Tampoco…hay...sangre-balbuceaba Sophie a nuestra madre.

            -Venga niñas acabad ya con vuestras imaginaciones  matinales y terminad de prepararos para el colegio. Que siempre encontráis algo para llegar tarde a todos los sitios.

            En otras circunstancias, nuestra madre nos habría creído y después me habría castigado a limpiarlo todo por haberlo ensuciado  y a Sophie la habría reñido por decir mentiras. A parte de recriminarnos que éramos las únicas culpables de alterarle los niveles de la tensión. Sin embargo esta vez, era diferente. Allí sentada en una silla de la cocina, mientras se tomaba un vaso de leche con café descafeinado y leía algunos informes de su trabajo, parecía más tranquila de lo normal. Aquello era una señal evidente de que mi madre sabía más de lo que quería hacernos creer.

-De acuerdo Susan, no te preocupes. Sólo ha sido una broma que le he gastado a Sophie para que la próxima vez se atenga al horario del baño y me deje tranquila.- Con el tiempo he aprendido a jugar mis cartas de la mejor manera posible y esta era una situación que requería jugar al despiste y a las dobles intenciones y por su expresión facial deduje que había entendido mis intenciones.

            Sus grandes ojos color castaño oscuro denotaban cierto nerviosismo mientras fruncía sutilmente los labios. Sabía que era extraño que la llamase por su nombre; normalmente significaba dos cosas, o que algo no iba bien o necesitaba que hablásemos en privado.  

            Mi madre se llama Susan Evans. Físicamente, no aparenta más de treinta años; se nota que está fibrada y su piel es tersa y libre de arrugas para tener cuarenta y cinco años. Todos los días se marcha a correr con mi padre antes de que salga el sol. Ambas tenemos una estatura casi similar, ella es unos centímetros más baja que yo. A veces, la gente nos dice si somos hermanas. Su pelo castaño suele estar recogido con algunas pinzas mientras que los rizos y mechones más rebeldes se escapan de estar sujetos con lo que le da un aire mucho más desenfrenado  a su media melena.  Sus labios rojizos cálidos son algo finos, pero ocultan el mayor tesoro de mi madre: su sonrisa. O eso es lo que nos suele contar nuestro padre; dice que una de las cosas por las que se enamoró de mamá fue por su sonrisa porque cuando sonríe se le detiene el tiempo. A veces a mi padre le sale la vena romántica.

            No es sólo el físico lo que la convierte en una excelente persona sino su interior. Es una luchadora con mayúsculas. Su vida nunca fue de color de rosa, siempre tuvo que  esforzase mucho para alcanzar sus metas.

            Su primer revés en la vida fue dejar a toda su familia en España cuando sólo tenía seis años por motivos laborales y familiares de su padre. Al poco tiempo de haberse adaptado a su nueva situación en la costa este de América y haber hecho algún que otro amigo, presenció uno de sus peores recuerdos. La muerte de su padre.

             Fue en su noveno cumpleaños, cuando Philip llevaba una tarta de chocolate con nueve velas encendidas y, delante de los ojos de su hija y su mujer, caía desplomado machándolo todo de un agrio chocolate. Más tarde las autoridades sanitarias informaron a mi abuela María que la muerte de su marido fue causada por una parada cardiorrespiratoria fulminante. Mi madre nunca ha vuelto a celebrar su cumpleaños.

            Como consecuencia, mi abuela  decidió volver con mi madre a España de forma definitiva debido a que no tenían familiares que las ligasen a ese hogar, ni su esposo ni la madre de éste que fue uno de los motivos de dejar las tierras españolas, se encontraban en el mundo de los vivos. En esos momentos todo parecía estar cubierto por un espeso manto de dolor, tristeza y desgracia.

            No todo fueron malas noticias para mi abuela y mi madre. Al poco tiempo de instalarse en su antigua casa,  María se enteró que estaba en estado. Creía que era un milagro. Casi ocho meses más tarde después de saber la buena nueva, nacía mi tío Luis. Mi abuela suele bromear que parte del alma de su marido la tiene mi tío ya que son idénticos si comparas fotografías de ambos. También muchos gestos y expresiones que hace Luis de forma inconsciente son iguales que las que utilizaba Philip cuando aún estaba con vida.

            A mi madre solían llamarle ratita de biblioteca porque siempre iba con algún libro entre las manos. Todos los bibliotecarios de la biblioteca municipal le habían cogido cariño a la niña ávida de libros científicos. Cuando le preguntaban el motivo de leer esos libros tan difíciles para tener diez años, ella les contestaba que se estaba entrenando para buscar la fórmula de la  inmortalidad y que no se muriese la gente de forma repentina como su papá.

            Los años pasaron y la falta de recursos económicos se fue notando. Un solo sueldo no era suficiente como para sacar a flote a una familia. Por eso mi madre, después de clases se iba a trabajar en un quiosco que estaba al lado de su casa. Sabía que no era gran cosa, pero toda ayuda era buena para ayudar a mi abuela a pagar los recibos o para comprar  una simple barra de pan.

            En todo ese transcurso de tiempo, Susan no dejó nunca de estudiar y con la recolecta que hicieron los habitantes del pequeño  pueblo donde vivía pudo ir a la universidad. Allí muchos catedráticos que le impartieron clase se dieron cuenta que era un diamante en bruto.  Uno de ellos le pagó el resto de sus estudios, decía que debía de hacerlo porque Susan llegaría muy lejos si nadie le cortaba las alas. Y no se equivocó mucho. Nada más licenciarse en ingeniería genética una multinacional muy potente que tenía la sede en Nueva York la contrató. Afirmaban que mi madre sería esencial para el nuevo proyecto en el que estaban trabajando.

            A día de hoy mi madre sigue trabajando en la multinacional y pudo devolver todo el dinero que le prestaron para alcanzar su meta. Aunque tuvo que volver a dejar su tierra natal otra vez, no le ha ido muy mal. Mi abuela viene varias veces al año a visitarnos y gracias a una de esas visitas mis padres pudieron conocerse. Otra larga historia añadida en el currículum de mi madre.

          -Pero, pero mamá… está mintiendo... yo lo he visto con mis propios ojos....había sangre y, y… -continuaba mi hermana balbuceando casi a punto de llorar de impotencia y en un estado elevado de conmoción.

           -Por favor, Sophie no continúes. Tenéis diez minutos para estar preparadas si queréis que os lleve a clase. Y sobre este tema ya hablaremos esta noche cuando estemos todos.- Respondió mi madre tajantemente; al  mismo tiempo dejaba la taza del café en el lavavajillas, recogía todos los documentos que tenía esparcidos sobre la mesa y los guardaba en su carpeta. Acto seguido se dirigió hacia el cuarto de baño de su dormito para acabar de acicalarse.

           -Vamos princesita, no estés así que aún quedan cosas que hacer antes de ir al cole.- le dije a mi hermana después ese instante de incertidumbre.

          -¿Por qué no lo ha visto? Pero era enorme…
  Se me partía el alma cuando mi hermana mostraba su lado más vulnerable y frágil. Por muchas riñas que tuviésemos al largo del día y querer ser mejor que yo en todo lo que se propone; no podía negar que a veces la sangre une más que la razón. Es mi hermana y no hay motivos para no quererla con locura aunque no se lo diga muy a menudo.

          -Mira yo tampoco lo sé, pero lo que no debes hacer es darle importancia. Otra cosa no le  cuentes a nadie nada de lo que has visto esta mañana hasta que hablemos esta noche. A parte te tomarían por loca o ¿tú quieres eso?

         -¡Pero no estoy loca! Tú estabas...

         - A veces no siempre la gente se cree algunas cosas porque no tiene ese don para ver cosas fuera de lo normal. Sólo las ven personas especiales como tú. - Le decía mientras le toca la nariz en un gesto cariñoso y una sonrisa se le dibujaba en su cara.

         -Te quiero.- Me decía al tiempo en el que me abrazaba. Aquel día había demasiadas muestras de efusión, cosa que no se ve muy a menudo por parte de ella. Parece estar algo confusa todavía.
-Y  yo a ti  princesita. Ahora venga. Si no quieres que se  ponga furiosa mamá. Por cierto, prométeme que esto será nuestro secreto privado. ¿Promesa de meñique?

         -De acuerdo. Promesa.

            Acto se seguido, me daba  un beso en la mejilla y yo se lo devolvía y la vi cómo se alejaba por el pasillo con tanta felicidad que parecía  sorprendente mientras que en mi rostro se dibujaba una sonrisa.


FIN DEL CAPÍTULO 1

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